En los años 50 Esteban Vicente participa, junto a un nutrido grupo de artistas neoyorquinos como De Kooning, Pollock, Guston o Hoffmann, en el resurgir de un nuevo lenguaje artístico, una pintura abstracta de acción, gestual y agresiva que, en el caso de Esteban, se convierte en una pintura más lírica realizada con diferentes áreas planas de trazo libre y regular, pero de composición ordenada. El dibujo negro al margen de las formas de color dota a las obras de movimiento y fluidez y guían al observador a través del cuadro. Son obras complejas, ambiguas, serenas y armoniosas.

En los últimos años de la década utiliza mayor cantidad de materia pictórica apreciando el rastro del gesto. Las formas se entrelazan de forma abigarrada y generan una estructura en forma de mapas que acentúan y dejan traslucir la ambigüedad entre fondo y figura. Posteriormente, en la década de los 60, va concediendo mayor protagonismo a las formas de color, reduciendo la maraña hacia una estructura subyacente más reticular y menos orgánica. Las formas cada vez son más amplias, flotan y se reflejan en una atmósfera ambigua. A mediados de los 60 enfatiza la interacción de los colores, y consigue un color más plano, visual y emocional. Las manchas de color son mayores, más gestuales y más abstractas. Las obras de estos años son deudoras de su relación con la naturaleza orgánica derivadas de sus viajes y estancias en Hawaii y del jardín que cultiva en Bridgehampton.

A partir de 1968 desaparece el gesto y la huella para dejar paso a la utilización del aerógrafo hacia la conquista de los campos de color, ya que esta técnica le permite reforzar su saturación. Esteban Vicente se concentra en investigar el comportamiento del binomio color-luz en sus “paisajes interiores”, composiciones casi arquitectónicas creadas gracias a inmensos estanques de color, de perfiles difusos, que se van simplificando en bandas y que, a mediados de los años 80, comienzan a incorporar las formas orgánicas, trasunto de la naturaleza. Pincel y aerógrafo conviven perfectamente en pro de una mayor libertad que, al tiempo, se deja ver en la multiplicación de la paleta de color y en la interrelación de las formas.

La antesala nos muestra una discreta selección de collages de Esteban Vicente datados entre 1964-1994. La práctica con esta técnica, que comenzaría en los años 50, se convertirá en un campo de experimentación para encontrar su lenguaje plástico cercano al expresionismo abstracto. Para estos collages utiliza papeles de bellas artes o pintados por el mismo con un aerógrafo. Componía sus obras rasgando o recortando papeles, que disponía sobre soportes de papel o cartón. Esteban Vicente fue un maestro del collage y reconocido por importantes críticos de la época. En manos de Vicente, este medio demostró ser increíblemente flexible y expansivo, tal como él mismo afirmó: “El collage ofrece posibilidades ilimitadas.”

El Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente muestra una selección de pinturas de su colección permanente en la sala 5 del centro, que muestra la obra del artista una vez iniciada su vinculación al movimiento del expresionismo abstracto americano, tras unos primeros años relacionados con la figuración renovada.