El Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente presenta la exposición Laura Torrado. Ouroboros gracias al apoyo de la Diputación de Segovia, del Área de Asuntos Sociales y de la Unidad de Igualdad, Género y Diversidad.
La exposición está concebida como un gran retablo barroco, cuyas escenas aparecen concatenadas en distintos registros, a partir de un cuerpo de obra en el que se entrecruzan pasado y presente que no hace sino afirmar la coherencia de un relato continuo. La artista crea una dramaturgia minuciosamente articulada en la que los diferentes medios hablan y dialogan, las obras se confrontan y completan en una relación dinámica, en un juego de espejos; además de proyectarse en el espacio y desbordar sus límites físicos más allá del Museo, en la Catedral de Segovia, en la Real Fábrica de Cristales de la Granja de San Ildefonso y en la Real Fábrica de Tapices de Madrid. Un hilo conceptual y narrativo que mantiene la trama en tensión uniendo los diferentes enclaves y generando un magnetismo entre ellos.
Laura Torrado, doctora en Bellas Artes por la UCM, se forma en la danza antes de ingresar en la facultad de Bellas Artes de Madrid y en los talleres del artista Mitsuo Miura. Reside en Nueva York a principios de los años noventa y participa de la intensa vida artística de la ciudad. Allí se inicia como artista en el vértigo de sus predecesoras, voces como Louise Bourgeois, Eva Hesse, Rebecca Horn o Ana Mendieta. Durante esos años, este lenguaje híbrido en el que ella se inscribe es denominado “escultura”.
El título de la exposición alude al vocablo griego οὐροβόρος (que se muerde la cola). Ouroboros es la serpiente, símbolo de la regeneración constante que hace referencia a la naturaleza del tiempo cíclico de la vida, a la eternidad. Una iconografía que atraviesa la obra de Laura Torrado (LT) en la circularidad de Autorretrato (Ouroboros), 2015, o en Sin título (Sacerdotisa I, II), 1994-2025, donde los cuernos remiten a la luna o a las diosas del destino, sus moradoras. Y a la serpiente, cuya piel muda como la sombra de la luna creciente, renace como ella y comparte sus poderes de renovación. Son epifanías de los poderes autodestructivos y regeneradores de la vida. Su autora afirma que “son imágenes arquetípicas impregnadas de una carga simbólica”.
La muestra se inicia con el rojo, en un intento de alumbrar la primera materia del tiempo. La artista intenta recuperar el antiguo mito de la Diosa, descifrarlo en signos y en signos para renombrarlo y reinterpretarlo. Las barreras entre el observador y lo observado se han roto en el acceso al Museo con Psicopompo, 2025, la fotografía de una mujer que porta un candelabro, con la que el espectador entra en el campo de visión de la artista, donde se le asigna un lugar activo, privilegiado dentro de este gran acto escénico que conforma la exposición.
LT revisita la historia de la pintura barroca, al construir escenas con una fuerte carga pictórica y teatral mediante personajes en poses estáticas que ella misma registra con la fotografía o el vídeo como Tableaux-vivants, un género popular desde el siglo XVIII en Francia. La singularidad de las pinturas vivientes de LT estriba en la escenificación de cuadros históricos que adquieren otro significado. En Sin título (Las meninas), 2025, la acción y el motivo son transformados por la ofrenda de una granada al personaje de la infanta Margarita, como alegoría de la fecundidad y regeneración, en alusión al mito griego de las diosas Deméter y Perséfone. O La Mujer bañándose en un río, (1654), de Rembrandt que inspira la video-instalación Jaque a la reina, 2020, un retrato de seducción y deseo. Las imágenes se suceden y rompen el límite entre realidad y ficción, en un bucle sin fin.
En el cuaderno de viaje Specularia. Geometría de un sueño, 2023-2025, LT crea un personaje enfundado en negro: la peregrina, teatral, afirmativa, y sin embargo velada, sin rostro en el que proyectarse. La artista manifiesta, de nuevo, su fascinación por la pintura de Velázquez en El Reflejo de Venus, 2023; en la que recrea la imagen de una venus sin espejo, que altera la jerarquía de la mirada. Quizás el espejo en el que ella se mira es quien mira, en una reflexión sobre la representación pictórica hacia el espacio doblado y escenificado.
Sombras de aspecto goyesco en dibujos como Custodia (figura desapareciendo), 2023, que nos dan la espalda y se van, se alejan tras un velo, ascendiendo a otro espacio tiempo. Al igual que personifican la creación, abordan la idea de la desaparición. En la mitología griega son las Moiras, 2025, hijas de la noche y personificaciones del destino. Representadas como un gran cuadro de historia, aparecen junto al telar y la lana que vira del rojo al malva.
Las Naturalezas muertas o vanitas, son el motivo de la extensa serie Vida suspendida, 2010-2025, escenografías inertes de lo efímero, de gran potencia plástica, que traen al cuadro encajes, cenizas, cabello, flores marchitas, libros e incluso retratos velados: Verbos, 2010, y Yacente, 2019. En las vanitas la materia y la luz se alinean en un orden ritual y evocan aquel de los objetos litúrgicos sobre un altar.
Psicopompo (ojos cerrados), 2025, inquietante y silenciosa nos acompaña en este deambular vertical en el que Sin título (Cristo crucificado), 2025, aparece enfrentado al personaje enlutado de Duelo, 2025. Como en las formas primitivas de pensamiento, la similitud formal da lugar a un paralelismo y revela una unidad. Rosario, Husos, 2025, esculturas en vidrio soplado producidas en la Real Fábrica de Cristales; Fleurs de Lys, Cordón grana, Cáliz, 2025, ofrendas en papel que aluden a la biología de lo femenino, en referencia al cuadro de Tiziano del Museo del Prado: Dánae recibiendo la lluvia de oro, 1560-1565, donde la diosa es fecundada por Zeus.
Dibujos como Corona, Sin título (Prometeo) o Gárgola, 2025, anuncian la cúspide de esta estructura metafórica y discursiva en el Museo, extendida a otro enclave de la exposición: la Catedral de Segovia. En su interior, en la capilla de San Frutos se dispone ante el altar una escultura en papel que recrea un manto bordado: Manto, 2025. Y en la Capilla de la Piedad, frente al retablo de Juan de Juni: Llanto sobre el Cristo Muerto, c. 1571, como imagen especular de este retablo se sitúa la obra Ungüentario, 2025, tejida en la Real Fábrica de Tapices: símbolo de la oquedad del espacio nutricio, portado por María Magdalena, como sacerdotisa en los umbrales, la que unge.
Existe una correspondencia entre el lenguaje y las formas plásticas en la que se reconoce la potencia intrínseca de la imagen: “predicar a los ojos”. En la muestra, la dinámica del retablo barroco como forma arborescente, guía al espectador, lo incluye y lo cuestiona en el discurso artístico del espacio que transita. El arte es señalado como lugar propicio para encontrar las potencialidades de renovación psíquica e intelectual. Un silencio repleto de silencios.
(Alicia Chillida, Comisaria de la exposición)