RAFAEL BAIXERAS

(1947-1989)

29 de enero  – 10 de mayo 2000

El museo acogió la muestra organizada por el Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) que suposo una revisión de la obra de Rafael Baixeras. En la sede segoviana se sumarán varias obras vinculadas con su actividad en esta ciudad.

La muestra se inició con una cuidadosa selección de obras de la década de los setenta, en las que plantea sugerentes soluciones formales sobre metacrilato. En los años ochenta comienza una nueva etapa en solitario en la que conjuga la pasión y el análisis más frío, con un notable poder de seducción. En esta década realiza algunos de sus cuadros más ejemplares y su último cuadro, un gran formato que tituló Paisaje entero que surge como reacción a su enfermedad.
Rafael  R. Baixeras (A Pobra do Caramiñal A Coruña 1947 – Segovia 1989) fue un pintor difícil. Baixeras vivió un momento en el que España cambió la consideración social del artista: creció sabiendo que existía un oficio y ciertas reglas no escritas que convenía dominar, y cuando ya ejercía ese dominio vio como la demanda giraba hacia otras actitudes, otros comportamientos, otras imágenes.

Baixeras ni juega a las estrategias del momento ni pretende ser un marginado. Simplemente está en un debate que sólo concibe desde la pintura. Dialogante y, con frecuencia polémico, no busca imponer criterios o encontrar soluciones sino plantear dudas. Sus elecciones fueron siempre directas, muy vivas. Los cuadros con los que acude a la Bienal de Sao Paulo de 1977 (la serie Historia de un paisaje convencional,) mantienen hoy un admirable misterio, con su mezcla de desnudez formal e intensidad expresiva. El modo de dejar la tecla cruda, de definir unas geometrías de referencia, o el atrevimiento de provocar dinamismo con un sutil trazo de carboncillo (el esquema de un barco o unos peces, unas nubes en descarga o en fuga), son de una eficacia que todavía hoy sorprende. Volver a estos cuadros, e imaginarlos en su momento, es percibir los debates en los que estaba Baixeras.

El pintor reacciona con no oculta acidez ante la desidia que encuentra en el medio artístico y convierte Segovia en su provincia activa. Con ella entabla una de esas relaciones de amor tenso que suele ser reflejo de una entrega crítica, hasta que abre su estudio en Tizneros en 1987. Un amplio espacio, un dominio propio, un objetivo cumplido. Baixeras siempre tuvo clara la necesidad de tener un taller con amplitud suficiente para habitar los cuadros y confortarlos. El momento pictórico resulta espléndido, con una sucesión de obras inquietantes, y sus cuadros más drásticos, atrevidos y maduros.

Si en cuadros anteriores se percibían debates colectivos, algunas devociones selectivas, o el diálogo con otras pinturas, ante estos cuadros se tiene la sensación de vivir una afirmación de la pintura, pero llevada a la máxima entrega, no en vano son cuadros construidos con tiempo y no oculta agitación, a los que se impone la presencia de un barniz que puede destruir el empeño. Un reto que sólo se plantean quienes dominan el medio o necesitan el pulso del abismo, del riesgo. Y Baixeras participaba en ambas tensiones.