
En 1936, Esteban Vicente (Turégano, Segovia, 1903–Long Island, Nueva York, 2001), coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil española, decide marcharse a vivir a los Estados Unidos, país que ya no abandonará hasta el final de su vida. Allí, a lo largo de más de sesenta años, fue capaz de tejer un amplio conjunto de relaciones vitales y profesionales que le permitieron formar parte de la corriente del Expresionismo Abstracto americano, frecuentando a sus principales representantes y siendo valorado por sus críticos y galeristas más importantes.
A este contacto suma su bagaje como artista español que, con anterioridad a su partida, había conseguido visitar algunas de las capitales más importantes del arte en Europa, como París y Londres, donde estableció importantes relaciones, al tiempo que logró asimilar lo más avanzado del arte de su tiempo.
De todo ello surge una obra singular, repleta de interés y calidad, tanto para el ámbito de la creación norteamericana como para el arte español de la segunda mitad del siglo XX.
El título de la exposición que presentamos en la sede del Instituto Cervantes de Varsovia, Esteban Vicente. El pintor de la realidad, alude a unas declaraciones del artista recogidas por el crítico Irving Sandler en 1968: «La verdadera diferencia entre la cultura española y la francesa o la italiana es un profundo sentido de la realidad. Es difícil entender la acepción del término “realidad” en el contexto en el que lo utilizo. Es una cualidad que está presente en toda la literatura española, en contraste con la literatura italiana o la francesa. Fíjate en Cervantes, por ejemplo. Su obra se caracteriza, sobre todo, por esta impresionante percepción de la realidad. Y la vuelves a encontrar en Zurbarán. Y creo que yo tengo algo de eso: ese sentido de rechazo por lo extravagante».
Fieles a las palabras de Vicente, centramos la selección de obras en la idea de rechazo de lo artificioso en favor de la verdadera realidad de la pintura que es, en definitiva, sensual. También en la necesidad del orden como base de la creación y en la austeridad de la materia.
Esta muestra reúne treinta y tres obras realizadas por el autor entre 1950 y 1997, cedidas en préstamo por el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia, España, coorganizador de la exposición, que ha contado, a su vez, con el apoyo de The Harriet and Esteban Vicente Foundation para llevarla a cabo.
Aunque Vicente da comienzo a su carrera en el marco de una figuración renovada que, paulatinamente, iba diluyendo la mera imitación de la realidad para acercarse a la abstracción —previo paso por un guiño cubista—, el recorrido comienza con Untitled (1950), un pequeño y delicado collage, punto de partida de lo que sería su estilo de madurez, cercano al expresionismo abstracto americano.
Para Vicente, la práctica del collage supuso un medio de búsqueda de la esencia de la pintura. Los trozos de papel sugieren la sensación de lo material y la superposición del papel le permite crear sensaciones de transparencia, luminosidad y profundidad. Las obras de este periodo parten de un tipo de pintura gestual de formas abigarradas cercanas a De Kooning que, en la obra de Vicente, adquieren un tono más lírico y poético. Son composiciones armónicas, rítmicas, cuidadosamente construidas alrededor de ciertos puntos de fuerza.
La gama cromática se centra en tonalidades ocres, en masas de color que se mueven y entrelazan (Number 5, 1950), para dar paso, a mediados de los cincuenta, a composiciones ordenadas en masas rectangulares, con cierta tridimensionalidad, que se concentran en el centro del cuadro y flotan en una atmósfera especial, en una suerte de movimiento push and pull que nos remite a Hoffmann (Untitled, 1956).
Desde finales de los sesenta, Esteban Vicente comienza su experiencia de campos de color. Se concentra en investigar el comportamiento del binomio color-luz en sus paisajes interiores, composiciones casi arquitectónicas creadas gracias a inmensos estanques de color, de perfiles difusos, donde el gesto y la huella de la etapa anterior han desaparecido (Afternoon, 1971). En estas obras será fundamental el cambio de técnica, pues sustituye el pincel por el uso del aerógrafo, que le permite una mayor saturación del color y, por tanto, mayor facilidad para atrapar la luz; el color es la luz, decía.
Los años ochenta marcan una vuelta a la naturaleza como fuente principal de inspiración. Las formas orgánicas, amplias y diversas, conquistan la superficie del cuadro, sobre la que el artista trabaja con mayor libertad y con una mayor riqueza y variación en la paleta de color (Harriet, 1984).
Durante la década de los noventa combina el aerógrafo con el estarcido y los gestos del pincel. Los colores son más intensos y variados y de ellos emana una luz candente en una atmósfera serena, rodeada de un halo de ensoñación, en la que resuenan las palabras de Unamuno: «Para soñar, tienes que estar despierto» (Solitude, 1991). Desde 1996 abandona el aerógrafo y experimenta progresivamente una ligera vuelta a la figuración (Before Harvest, 1999). El pigmento se va diluyendo hasta hacerse casi transparente; la parte central del cuadro, casi sin pintar, aporta una sensación de profundidad y, al mismo tiempo, de luz.
La pintura, para Vicente, era la visión, y la luz el lugar donde depositar sus sentimientos y sus preocupaciones: la belleza, el orden, la emoción y la tensión.
A lo largo del recorrido se muestran algunos dibujos en los que Vicente rastrea la realidad y la atrapa a través de la línea, el trazo y la creación de texturas. Al final de la exposición nos sumergimos en un bosque de esculturas de pequeño formato, denominadas toys o divertimentos. Estas obras fueron realizadas por el artista con piezas recicladas encontradas en su estudio entre 1968 y 1997. Son juegos de equilibrio, de relación de formas y colores, de poética íntima y, al mismo tiempo, de libertad de expresión.
Ana Doldán de Cáceres, Comisaria de la exposición





